A veces el camino del yoga acaba en India

Durante los más de diez años que vivía en España llevaba una vida normalita, así más o menos como todo el mundo y tenía un trabajo rutinario de oficina al que acudía cada día de la semana como una buena hormiguita, esperando impacientemente la llegada de los fines de semana. Igual hoy en día también se considera normal pasar ataques de ansiedad por padecer el síndrome de agotamiento laboral; al menos en mi entorno no era la única que sufría de ellos con regularidad.

Llegó el momento en que sentí que ya no podía, ni quería llevar mi vida de esta manera y emprendí la búsqueda hacia algún tipo de equilibrio para relajar mi mente y cuerpo sobrecargados. Probé el gimnasio y la natación. No me gustó demasiado y ambos me dejaron igual de vacía. Decidí que si algo me ha de ayudar con mi dilema, también me ha de gustar de verdad; sino poco sentido tiene. Finalmente me encontró el Kundalini yoga. Se trata de una herramienta muy potente que incluye mucha meditación dentro de su práctica.

¡Al principio pensé que yo no era normal!

No podía evitar de mirar a los demás estudiantes de reojo durante las meditaciones. Parecía que todos estaban sumergidos completamente en su interior, sus caras reflejando calma y paz profunda – lo cual me irritaba bastante, porque no era para nada lo que estaba ocurriendo dentro de mí! Mi mente no se callaba, era una autopista de imágenes  y pensamientos. El tremendo caos interno que se me reveló me asustó bastante y me preguntaba si está autopista siempre había estado allí o si bien era algún misterioso fenómeno yoguico. Antes de empezar a practicar al menos, nunca la había percibido. Un día después de clase me acerqué a la profesora para comentarle mi preocupación. Sonrió y me dijo que lo que me ocurría era de lo más normal y que no me tendría que preocupar.

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¡Qué alivio saber, que yo no era ningún bicho raro!

El intenso tráfico  de pensamientos siempre había existido, y de hecho estaba aprendiendo a observarlo. Parecía que mi subconsciente estaba pasando por una limpieza de viejos patrones para crear espacio para algo nuevo. El recién descubrimiento de mi mundo interior me fascinó tanto que después de sólo unos cuantos meses me apunté al programa de formación de profesores.

Un día un póster que estaba colgado dentro del centro de yoga me llamó la atención: Se trataba de un viaje alternativo a la India con enfoque espiritual.

¡INDIA, LA CUNA DEL YOGA!

Curiosamente hasta este día, nunca había tenido ningún interés especial por la India, pero algo extraño pasó: Sentía la necesidad de seguir a esta mística llamada. Algo dentro de mi me decía que tenía que ir. – Así que fui.

El programa era Delhi – Rishikesh – Amritsar, un viaje que iba a durar poco más de catorce días. En cuanto mis pies pisaron tierra India por primera vez tenía la sensación de flotar constantemente por el aire: Estaba sumergida en una ola de sensaciones desconocidas, fascinada por el misterio de lo más cotidiano. Los sonidos, el olor a incienso y la vida multicolor de este lugar me llevaron a otro un desconocido estado emocional y mental.

En Rishikesh nos íbamos a sumar al festival internacional de yoga. Atendí algunas clases, pero al fin y al cabo era mi primera vez en la India y había tantas cosas que ver y descubrir por las calles que era incapaz de quedarme todo el día dentro del ashram, sabiendo que la intensa vida multicolor que marca este país estaba ocurriendo a sólo un paso detrás de los muros del recinto. Pensé que en España podría practicar todo el yoga que quisiera, pero quien me podía decir cuando, o si de hecho iba a volver algún día a India?

Así que me aventuré por las calles de Rishikesh. Tomaba chais en el borde de la carretera para charlar con los vendedores, fui a explorar ocultos rincones del pueblo y me bañe en el Ganges. Así vivía mis pequeñas aventuras día a día. De hecho Rishikesh es un lugar fantástico para hacer nada más que sentarse en un chai shop durante horas y observar como la vida de la India pasa por delante, bailando a su propio ritmo. Las historias más increíbles ocurren justo en frente de uno sin tener que dar ni un solo paso. Las cosas simplemente vienen hacía ti. Estos establecimientos también ofrecen una excelente oportunidad para encontrarse con otros viajeros y charlar un rato. La mayoría de los mochileros con quienes me encontré llevaba viajando ya desde hacía meses o incluso años… ¡y yo iba a estar en este maravilloso país nada más que unas pocas semanas!

¿Y porque nunca se me había ocurrido a mí poner cuatro cosas en mi mochila para descubrir el mundo?

Pienso que viajar es la mejor inversión del mundo: Las memorias de un viaje te acompañarán hasta el último de tus días en este planeta, mientras que todo lo que se puede comprar con dinero perderá de valor antes o después.

Una mañana muy temprano, poco antes de levantarse el sol, salí del ashram para dar un paseo por el caminito de los sadhus que pasa por la orilla del Ganges. Me invadió una sensación de harmonía profunda al respirar la magia de una madrugada india: Muchas personas ya estaba susurrando sus rezos a la madre Ganga haciéndole ofrendas en forma de inciensos y flores o incluso tomando un baño de purificación en las aguas cristalinas, mientras los sonidos sanadores de las pujas matutinas de los incontables ashrams llenaban el aire con vibraciones de paz.

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De repente un personaje vestido de color naranja apareció de la nada. Era un joven sadhu con que ya había cruzado miradas varias veces durante mis excursiones por el pueblo. Me saludó con un respetuoso: “Hari Om” cuando pasó por mi lado. Devolví el saludo y me giré detrás de él para ver que el hizo exactamente lo mismo. Acabamos tomando un chai juntos y con este encuentro se dio comienzo a un nuevo capítulo de mi vida.

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